Siglo XVI: clave para la guerra en el mar (I)

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Entrada original de Penol a Penol

Os traemos aquí una entrada original de Penol a Penol, publicada el 25 de octubre de 2015 por Francisco Cabezos. Es la primera parte, pronto os traeremos la segunda, aunque la podeis consultar ya en su blog

Sería imposible pensar en la guerra naval durante la Edad Moderna sin tener en cuenta el camino que lleva a ella, a su desarrollo durante décadas. Por ello debemos contextualizar las circunstancias de un momento concreto, puesto que estas pueden cambiar desde los grandes esquemas mentales a los objetos más insignificantes a lo largo de la Historia. El ámbito de la guerra en el mar no escapa a esa realidad, siendo esta la razón por la que pretendemos abrir los estudios de guerra naval en la Edad Moderna con una breve contextualización sobre cómo esa entrada en la modernidad da pie, de cara al siglo XVI, a toda una nueva concepción de la guerra, los océanos, la tecnología naval, etc., en un momento de cambio tan importante como es el paso, en términos de protagonismo, del Mediterráneo al Atlántico.

Comenzando así con esta primera parte, hemos de ver como la apertura oceánica del hombre europeo le permite cambiar la estrategia sobre el mar, generando nuevos escenarios, objetivos y medios con los que desarrollar las pugnas que marcaron tanto el siglo XVI como el resto de la Edad Moderna.

Representación de una carraca portuguesa de mediados del XVI
Representación de una carraca portuguesa de mediados del XVI

Desde finales del siglo XV y a lo largo del siglo XVI, las nuevas realidades geopolíticas se configuran a la par de un proceso de crecimiento económico, social y político importantísimo, resultado de la apertura mental que durante la Baja Edad Media había desarrollado el hombre europeo. Es obvio que en este desarrollo el continente americano cobra una importancia singular, puesto que el Nuevo Mundo no solo ofrecerá una tierra nueva para asentarse y explorar sus recursos, sino que también abrirá una serie de espacios, físicos y mentales, que durante la Edad Media y la Antigüedad estuvieron en términos generales, vetados para el hombre. Ese proceso de apertura mental daría pie a que a lo largo del siglo XV se fuera percibiendo al Atlántico con más curiosidad que miedo, algo patente en el trabajo de los portugueses con su viajes de exploración a lo largo de la costa atlántica de África. La década de los 90 del siglo XV afianza estos hechos con la llegada de los portugueses al Índico, y como no, con la llegada de Colón a América.

A partir de ese momento y ante la monopolización atlántica que llevan a cabo Portugal y Castilla, se van generando una serie de recelos en el resto de potencias, las cuales miran a los Reinos Peninsulares con la envidia lógica de quienes se percatan de las oportunidades que traen los nuevos territorios explorados. De ese desarrollo del siglo XV en términos marítimos, y ante las perspectivas y nuevos horizontes que abren las exploraciones, el mar se convierte en estos primeros años del siglo XVI en el elemento crucial al que todos aspiran dominar.

El mundo repartido según los tratados de Tordesillas y Zaragoza entre Portugal y la Monarquía Hispánica.
El mundo repartido según los tratados de Tordesillas y Zaragoza entre Portugal y la Monarquía Hispánica.

Es por lo tanto el sitio donde se debe disputar el control económico y socio-político de la Europa de principios de la Edad Moderna y es entorno a esa razón que se reorganizan los sistemas de guerra naval medievales y se preparan para comenzar una nueva etapa en la que tácticas, tecnología náutica, construcción naval, formas de organización militar, etc., se verán envueltos en un continuo desarrollo orientado al único y claro objetivo de sobreponerse al contrario y controlar el mar. Con el control marítimo caerá en sus redes el control de los diferentes mecanismos vitales de cada estado, tal como se demostraba cada vez que la Flota de Indias se veía amenazada, por ejemplo.

En el Mediterráneo pugnarán los reinos cristianos contra el otomano y contra el pirata berberisco, sumándose en menor medida los conflictos de interés entre la cristiandad, como fue el caso de las guerras franco-españolas del siglo XVI en las cuales el Mediterráneo occidental tuvo una importancia clave de cara al control de los territorios italianos. El hecho de la reorientación norte-europea de los ejes comerciales se liga también a que la lucha contra el turco cierra el paso a la ruta de la seda, quedando como único nexo con Asia por tierra las relaciones comerciales de Venecia con el turco. La búsqueda de una nueva ruta hacia Asia es la que impulsa al hombre europeo a comenzar las exploraciones atlánticas. Es lógico pensar que en esos nuevos escenarios donde se desarrollarán esas nuevas rutas, será donde pugnen las potencias, exactamente del mismo modo que cuando era el Mediterráneo la zona de importancia socio-económica y política. Queda el Mare Nostrum de esta manera en un “segundo plano” conforme el Atlántico gana importancia, dando pie durante el siglo XVI a conflictos guiados en mayor medida por la religión (véase Lepanto en 1571), enfrentando al islam contra la cristiandad. No será prácticamente hasta mediados del siglo XVII, cuando veamos como el Mediterráneo vuelve a ser zona de conflicto naval entre potencias de manera más continuada.

Representación de la batalla de Lepanto (1571)
Representación de la batalla de Lepanto (1571)

Pacífico e Índico serán motivo de disputa de manera más tardía, sobre todo cuando los holandeses se enfrenten a Portugal por el monopolio comercial asiático. El Atlántico cobra una importancia única, puesto que es la puerta a América y el nexo de unión entre las diferentes potencias Europeas del momento. Este aspecto que durante la Edad Moderna y en las etapas posteriores queda como evidente, será el que da pie en el siglo XVI al nacimiento de los primeros planteamientos de guerra naval moderna entre potencias, incidiendo de nuevo en la idea clave: hay que controlar los océanos.

Se percibe la necesidad de adaptar a los nuevos escenarios oceánicos los medios necesarios para hacer la guerra y es en este momento cuando se incentiva la adaptación de la tecnología naval, cada vez más orientada a lo militar, aplicando todos los desarrollos experimentados durante los viajes de exploración (importante en esto los portugueses y la Escuela de Navegantesde Sagres). En este sentido hemos de entender que se hacía dificil lograr la efectividad absoluta de una galera mediterránea en medio del océano Atlántico. Un barco con un calado tan bajo y una manga tan estrecha apenas podría mantenerse firme en las inclemencias de una batalla en el Mar del Norte, por ejemplo, aunque hay constancia de su uso oceánico, teniendo momentos como la Batalla de Terceira o la Armada Invencible que nos permiten ver que su uso en el contexto Atlántico fue claro y no poco exitoso. El siglo XVI da lugar al nacimiento definitivo de la “nave manca” frente al remo Mediterráneo, como una adaptación a la nueva realidad atlántica, en la cual el norte de Europa tenía más experiencia. La galera por lo tanto quedará con el paso de los años relegada al Mediterráneo, sustituyéndole en la navegación y la guerra oceánica barcos diseñados para tal fin.

Grabado que representa una galera española
Grabado que representa una galera española

Vemos así la adaptación de aquellos navíos del báltico (carracas, naos, urcas…), a los que poco a poco se les dotó de una artillería naval, al igual que se adaptaron medios desarrollados en las exploraciones portuguesas, como el caso de la carabela. Sin embargo estas embarcaciones no dejaban de ser cascos mercantes adaptados, y aunque bien valieron sus servicios en la primera mitad del XVI, de cara a la segunda fueron protagonistas de un desarrollo específico de ciertos tipos de navíos orientados a la defensa en el mar.

Los galeones, paradigma del navío pesado, creado en las primeras décadas del siglo en cuestión, evolucionarán desde sus vertientes mercantiles hasta configurarse como potentes navíos armados, antecedentes de lo que serán con posterioridad los navíos de línea. No es un hecho aislado de la Corona Hispánica, puesto que se adaptan esos modelos en otros estados con nombre y características propias, como es el caso del Man o’war inglés, muy similar al holandés. Junto a ellos también aparecerán en la segunda mitad del XVI las fragatas, resultado de la evolución de los barcos ligeros mediterráneos y atlánticos, que pronto probarán su eficacia como barcos de guerra de tamaño medio, muy versátiles y rápidas en comparación a los pesados navíos (naos, galeones, etc.).

Representación de un galeón.
Representación de un galeón.

El desarrollo de estos barcos, adaptados ya a la navegación oceánica y en constante evolución para adaptar las nuevas armas y técnicas de guerra naval, permite ver, como decíamos anteriormente, una evolución en la que se pierden de vista los remos a lo largo del XVI (sí, muchos barcos salieron al océano con capacidad de impulsarse a remo), se perfeccionan arboladuras, formas de casco y perfiles, instrumentación, armamento. La tecnología naval se adapta a un nuevo medio y, como decíamos anteriormente, a un nuevo fin: el control de los mares.

Llegados a este punto dejamos en el tintero una segunda parte, la cual centraremos en el desarrollo de esa nueva visión del mar y la guerra. Hablaremos de las formas y los protagonistas, algo importantísimo para comprender el funcionamiento, entro otras cosas, de las distintas armadas y de los distintos mecanismos de defensa generados.

Por Francisco Cabezos.


Bibliografía:

CAMERON, E., El siglo XVI, Barcelona, Crítica, 2006

DE JUAN Y PEÑAROSA, J. y FERNÁNDEZ GIMÉNEZ, S., Historia de la navegación, Madrid, Ediciones Urbion, 1980

FLORISTÁN, A. (coord.), Historia Moderna Universal, Barcelona, Ariel, 2011

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